Redactar un presupuesto detallado me llevaba una hora larga. Hoy me lleva quince minutos, y el resultado es mejor. Pero el ahorro no viene de pedirle a la IA que «haga un presupuesto»: viene de darle el material correcto y de saber qué no delegar nunca.
Cómo pido un presupuesto
Lo que le doy siempre:
- Un presupuesto mío anterior como modelo. Es el paso que más cambia el resultado: sin ejemplo suena a folleto, con ejemplo suena a mí.
- El alcance real, con lo que entra y lo que no.
- Las horas y el importe total. El desglose lo redacta la IA; los números los pongo yo.
- El contexto del cliente: sector, tamaño y qué le preocupa.
Y luego lo reviso entero. Siempre. Los errores más habituales que le corrijo: sumas que no cuadran, plazos optimistas y adjetivos de más.
Con los contratos, más cuidado
Aquí la IA sirve para redactar cláusulas de las que ya tienes, ordenar un acuerdo y detectar lo que falta (propiedad intelectual, plazos de pago, alcance, qué pasa si el cliente desaparece). No sirve para inventarte un contrato desde cero.
Un texto legal generado sin base puede sonar impecable y no sostenerse. Si el contrato es importante, plantilla de un abogado y la IA solo para adaptarla y para preguntarle qué no estás viendo.
Lo que no le doy nunca
- Datos personales de clientes ni documentación confidencial.
- Precios de terceros o condiciones de acuerdos que no son míos.
- La decisión. Cuánto cobrar es criterio de negocio, y la IA te dará una media razonable, que casi nunca es tu precio.
El flujo que me funciona
- Cuatro notas del proyecto tal como salieron de la reunión.
- Ejemplo de presupuesto anterior + alcance + importe.
- Borrador generado.
- Revisión mía: números, plazos, tono y lo que sobra.
- Envío, y guardo la versión buena como ejemplo para la próxima.
Ese último paso es el que hace que cada vez cueste menos: tu carpeta de ejemplos es tu ventaja, no el modelo que uses.
¿Quieres montar este flujo en tu negocio?
Escríbeme a [email protected] y lo adaptamos a cómo trabajas y a lo que vendes.
